Alexandra Ranzolin de Marius
Coordinadora de Proyectos Educativos
Asociación Civil ICARO
aranzolin@icaro.org.ve
Coordinadora de Proyectos Educativos
Asociación Civil ICARO
aranzolin@icaro.org.ve
Una de las razones por las cuales nos hemos reunido estos días aquí es para compartir experiencias sobre la importancia de la educación en valores hoy. Todos nosotros, en alguna medida, hemos sido llamados a cumplir con la tarea de educar a otro. Por eso, nos hemos hecho profesores, padres y madres de familia y aceptamos cargos de mucha responsabilidad en diversas instituciones. Sin embargo, todos nosotros también hemos experimentado el peso de la fatiga de nuestra profesión en algún momento, la desesperanza cuando las cosas no resultan como esperábamos o simplemente la pérdida de aliento porque las circunstancias, para la educación -y más cuando se trata de transmitir valores-, parece que por instantes se hacen muy difíciles. La cuestión de fondo es ¿Qué significa educar? y ¿Qué sentido tiene ayudar a otros a caminar hacia su destino? Por ahora, sólo les puedo decir que estoy convencida de que este tiempo es el tiempo de los maestros, de aquéllos que desean sumirse en la aventura de guiar a otros hacia su felicidad.
Lo que presentaré, a continuación, no es más que la puesta en común realizada desde la mesa de trabajo “Educación para la comunicación auténtica”, a partir de la propuesta educativa presentada por la Asociación Civil sin Fines de Lucro ICARO. Esta propuesta, lejos de ser una oferta acabada, pretende establecerse como el punto de origen -los criterios básicos- para generar certezas en quien ejerce la labor educativa.
Agradezco profundamente al Profesor Juárez por la iniciativa de estas Jornadas, oportunidad privilegiada de encuentro y debate, y a mis nuevos amigos de la mesa No. 9 por sus aportes, por su afecto y por su apertura, les deseo un espíritu joven para afrontar el reto que se nos impone todos los días.
La educación, como afirma Giussani (1991), es “introducción a la realidad total”, es la posibilidad de que se desarrollen todas las estructuras de la persona, de que el ser humano en formación tome conciencia de sí mismo y de su entorno y que asuma la aventura de encontrar el significado objetivo que las cosas tienen para su vida.
Esta realidad, en la que se debe introducir al educando, es todo lo que acontece, no sólo lo que a él le gusta o lo que el maestro prefiere, es todo lo que surge en la vida, desde lo más sencillo hasta lo más trascendente, y sólo se puede tener una relación adecuada con la realidad si se toman en cuenta todos los factores involucrados en ella. La realidad no es una cuestión de preferencia, la realidad está presente por una razón y ayudar a tener una postura adecuada frente a ella, es una de las tareas fundamentales del educador.
¿Cómo es posible lograr una adecuada introducción a la realidad, y más aún, a la realidad total?
Ante todo, es importante tomar en cuenta que la educación debe ser una propuesta atractiva que parta de la tradición. Una educación que no parte de la tradición, de lo que me precede, es una educación abstracta. La tradición, entendida como todo el conjunto de valores y significados que otros nos transmiten a partir de su experiencia de vida y de su conocimiento, es una hipótesis que procura explicar la realidad y que ayuda al muchacho a asumir la vida con certeza. La tradición, como apunta Giussani, no tiene que ver con un conjunto de preceptos rígidos, esclerosados, no es tradicionalismo, sino la posibilidad de asumir el pasado como inicio de un camino y fundamento para valorar el presente. Es el legado fundamental que dejan los padres y maestros a sus hijos y discípulos.
Por otra parte, esta tradición, para que pueda ser comunicada, debe ser transmitida por una persona que la viva y que la actualice permanentemente con su experiencia. La tradición, para que sea fuente de certezas, debe ser comunicada al muchacho como una experiencia de vida y no como mera teoría, que al final cansa y deja al educando sumido en la desesperanza, porque no responde a las exigencias de su persona. El educador tiene la función principal de transmitir estas certezas, pero para ello, debe él mismo vivir seriamente, de modo adulto, lo que está proponiendo.
El tema de fondo no está tanto en elaborar y transmitir un discurso sobre las características de las nuevas generaciones o el papel de la escuela. La cuestión está en que exista alguien que les proponga una relación que les lance a vivir intensamente toda la realidad, sin reducir sus exigencias ni su significado último.
Éste es el papel de la autoridad. El término, proveniente del latín -autoritas-, significa originalmente “aquello que hace crecer”, es decir, la posibilidad de que el joven tenga delante de sí un punto de referencia claro de propuesta y con el cual puede contar a lo largo de su vida. Esta relación pasa, evidentemente, por los aspectos más sencillos de las materias que se imparten y confluyen en verdaderas relaciones de amistad, las cuales engloban todos los aspectos de la existencia de discípulos y maestros.
Hace falta maestros, y los hay, que asuman la realidad educativa como una posibilidad de encuentro entre libertades, la suya propia y la de los alumnos. Sólo el amor a la libertad del otro es la posibilidad de verificación verdadera de cualquier propuesta educativa. Es esta libertad la que empuja el movimiento de la inteligencia y la voluntad. Así también, permite que la persona se adhiera a cualquier propuesta educativa fundamentándose en las razones por las cuales conviene hacerlo y no por mera reactividad o instinto.
Por otra parte, una educación verdadera despierta los anhelos más hondos del corazón. Como maestros no podemos aceptar que nuestras instituciones educativas se limiten únicamente a transmitir contenidos, por muy buenos que éstos sean, tenemos que proponer al muchacho algo tan atractivo, tan interesante, tan impactante, que logre mover su libertad.
Una educación verdadera ofrece al joven una hipótesis de respuesta frente a la vida valiéndose de nosotros, los maestros, y le impulsa a verificar que lo que le proponemos es válido para su propia vida.
Una educación verdadera permite que afloren los anhelos propios de la naturaleza humana y facilita el reconocimiento de éstos sin reducirlos ni coartarlos. Estos deseos, estos anhelos, no tienen que ver con caprichos momentáneos, tienen que ver con las exigencias fundamentales que nos constituyen a todos los seres humanos: la exigencia de felicidad, de justicia, de paz, de libertad. Una educación verdadera, repito, es capaz de despertar estos deseos y de poner en movimiento la libertad de la persona, ayuda, en última instancia, a desarrollar una capacidad crítica en el muchacho, que le permite juzgar adecuadamente todo lo que acontece a su alrededor y a vivirlo sin temor o duda.
Una educación concebida en estos términos no se limita al aula de clase o a una serie de asignaturas, sino que abre al mundo y procura trasladar la vocación del maestro a todos los seres humanos y a todos los ámbitos de la vida, porque, a fin de cuentas, las asignaturas tienen su origen en la realidad, es la misma realidad la que tiene un verdadero valor pedagógico. Afirma Giussani (1996) “no existe un hombre, verdaderamente hombre, que no se sienta responsable de ayudar a otro a caminar hacia su felicidad” Esto es educar, uno que acompaña a otro a encontrar el sentido de su vida a través de la realidad concreta que le corresponde vivir, que le permite verificar las propuestas que se le hacen sin miedo y teniendo paciencia frente a la contradicción.
Desde esta perspectiva, se acaba el mito de la reciprocidad en la educación. El hecho de que el maestro siembre no implica necesariamente que coseche. Amar la libertad de la persona es también la posibilidad para generar la paciencia requerida frente a la dificultad y el límite.
Estos días, hemos experimentado lo que significa el despertar de la conciencia en muchos jóvenes universitarios, un Yo que se pone en pie frente a la realidad consciente de lo que es y hacia dónde va. Una conciencia así, clama libertad, anhela el cumplimiento de todos los derechos y valores que le fueron inculcados durante su formación escolar. Nosotros les hablamos a estos muchachos -en su momento- de solidaridad, de comunicación, de honestidad y de libertad, y hoy son éstos jóvenes los que reclaman aquello que les prometimos como ideal para la vida. Un alma que grita así, ha sido educada. Frente a esta exigencia, tenemos que continuar educándonos en la libertad verdadera, aquella que permite estar frente a la realidad, con todo su conjunto de valores y significados, a partir de una mirada nueva, de convicciones, con un juicio claro, que permanezca y lo transforme todo.
Concluyo retomando el pensamiento de Antoine de Saint-Exaupery, autor de El Principito: “Si quieres construir un barco, no tomes la madera, reúnas a los hombres y distribuyas la tarea a cada uno. Si quieres construir un barco, primero enseña a los hombres la nostalgia por el mar amplio e infinito”.
Referencias:
Giussani, L. (1996). Los jóvenes y el ideal. El desafío de la realidad. Madrid: Ediciones Encuentro.
Giussani, L. (1991). Educar es un riesgo. Madrid, España: Ediciones Encuentro.